sábado, 11 abril, 2026
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Parkinson: una enfermedad que también afecta a jóvenes y requiere un abordaje integral

En el Día Mundial del Parkinson, especialistas y pacientes destacan que la patología no es exclusiva de adultos mayores, subrayando la importancia de la actividad física, el apoyo familiar y la necesidad de derribar estereotipos sociales.

En el marco del Día Mundial del Parkinson, especialistas y pacientes ponen el foco en una idea que aún cuesta instalar: la enfermedad no es exclusiva de personas mayores y puede afectar también a jóvenes, con un impacto profundo en la vida cotidiana, laboral y emocional.

El Parkinson es un trastorno neurológico crónico y progresivo que afecta el movimiento y se produce por la pérdida de neuronas que generan dopamina, una sustancia clave para el control motor. Aunque suele asociarse al temblor, sus manifestaciones son más amplias y complejas, y evolucionan con el tiempo, afectando la autonomía de quienes la padecen.

Según datos difundidos en un informe reciente, en Argentina unas 100.000 personas conviven con esta enfermedad, cuyos primeros síntomas pueden pasar desapercibidos. Un leve temblor en una mano, en un pie o incluso en la mandíbula puede ser la primera señal, aunque también pueden aparecer rigidez, lentitud en los movimientos y problemas de equilibrio, lo que incrementa el riesgo de caídas.

“La enfermedad no solo se manifiesta en lo motor. También puede haber alteraciones del ánimo y del sueño”, explicó la médica Valeria El Haj. En las primeras etapas, estos síntomas suelen responder bien a los tratamientos, pero a medida que avanza la patología pueden surgir las denominadas fluctuaciones “ON y OFF”, es decir, momentos en los que la medicación funciona correctamente y otros en los que pierde efectividad.

En este contexto, la actividad física se consolida como una herramienta terapéutica fundamental. Los especialistas coinciden en que no solo mejora la movilidad, el equilibrio y la fuerza, sino que también impacta positivamente en el estado de ánimo y en la calidad del sueño. “Incorporar rutinas que combinen ejercicios aeróbicos, de fuerza y de equilibrio, preferentemente en los momentos del día en que la medicación ofrece mayor efecto, es clave”, señaló El Haj, quien además recomendó iniciar la actividad de forma temprana y sostenerla en el tiempo.

A esto se suma el rol del entorno: el acompañamiento familiar, la adaptación del hogar y el apoyo emocional son factores determinantes para favorecer la adherencia al tratamiento y sostener la autonomía de las personas.

Sin embargo, uno de los mayores desafíos no es solo médico, sino social. El Parkinson sigue estando rodeado de estereotipos, especialmente el que lo asocia exclusivamente a la vejez. “Es una enfermedad que también afecta a jóvenes y la realidad es muy diferente. En el ámbito laboral, muchas veces hay temor a contarlo. Nunca sabés cómo lo van a tomar”, explicó Lucía Wang, presidenta de Parkinson Argentina.

Su historia refleja ese impacto. Fue diagnosticada a los 33 años, cuando acababa de ser madre. “Fue un baldazo de agua fría. Durante mucho tiempo sentí vergüenza e intentaba que no se notara lo que tenía”, recordó. Con el tiempo, esa experiencia personal se transformó en motor de acción. Wang impulsó la creación de Parkinson Argentina, una asociación que trabaja para mejorar la calidad de vida de quienes conviven con la enfermedad, facilitando el acceso a la información y promoviendo la investigación.

Desde la organización destacan que el acceso a la información y a los recursos disponibles es fundamental para transitar la enfermedad con mayor bienestar. Entre sus logros, impulsaron la implementación en el país de estudios genéticos gratuitos, en los que pueden participar tanto personas diagnosticadas como aquellas sin síntomas. Según explicó Wang, entre un 10% y un 15% de los casos tiene algún componente genético, lo que refuerza la importancia de la investigación y la detección temprana.

En este escenario, los especialistas coinciden en que el abordaje debe ser integral: tratamiento médico, actividad física, contención emocional y acompañamiento social. No se trata solo de controlar los síntomas, sino de sostener la calidad de vida y la autonomía el mayor tiempo posible. El desafío, concluyen, no es solo sanitario, sino también cultural: derribar prejuicios, visibilizar la enfermedad y generar redes de apoyo que permitan a quienes la padecen transitarla sin miedo ni aislamiento.

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