domingo, 29 marzo, 2026
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Una casa en el monte uruguayo que se volvió hogar permanente

Lo que comenzó como un refugio para los meses cálidos terminó definiendo un cambio de vida radical. Los arquitectos argentinos Claudio Ferrari y Nadia Franco construyeron esta casa en el monte de La Pedrera, Uruguay, hace más de una década y media, sin imaginar que en 2019 se instalarían a pocos metros, abandonando una intensa vida profesional entre Buenos Aires y el extranjero.

De la teoría a la práctica en el monte

Claudio Ferrari, exdecano de Arquitectura en la Universidad Nacional de San Martín y profesor con trayectoria internacional, junto a Nadia Franco, arquitecta, interiorista y artista visual, unieron sus conocimientos para materializar este proyecto. La vivienda, de una sola planta y construida en hormigón, se implanta en el terreno respetando la lógica del paisaje, sin alterar la esencia del bosque nativo.

Materiales que hablan del lugar

La elección de materiales fue clave para lograr durabilidad y una estética coherente. Hormigón visto, pisos de cemento alisado y chapas conforman una paleta reducida pero resistente, ideal para una casa situada a 500 metros del mar Atlántico. El mobiliario, en gran parte hallado en remates y mercados uruguayos, junto a textiles y piezas de diseño argentino, aportan la calidez necesaria para la vida cotidiana.

Los límites difusos entre adentro y afuera

El diseño prioriza una fluidez absoluta con el entorno. Grandes aberturas y puertas pivotantes de piso a techo permiten que el espacio social –una amplia sala de estar y comedor– se extienda hacia una terraza bajo la sombra de las coronillas. Un detalle arquitectónico significativo es el ahuecado en el techo de la galería, que permite ver el cielo y las copas de los árboles desde el interior, evitando que una línea horizontal corte la vista.

El murmullo constante del mar

Aunque la vista directa al océano no es el eje principal, su presencia es constante y sutil. El sonido de las olas acompaña el día y la noche, filtrándose en el ambiente interior, que también rinde homenaje al mar a través de fotografías y pinturas. La casa vive en simbiosis con todos los elementos del paisaje.

Un anexo que marcó un nuevo rumbo

Un paso fundamental en la evolución del proyecto fue la construcción de un pequeño anexo de madera de 25 metros cuadrados. Esta estructura no solo amplió la capacidad habitacional, sino que se convirtió en un prototipo experimental. “Fue nuestra primera experiencia proyectual en madera y el puntapié para explorar esta materialidad en otros proyectos de la zona”, explican los arquitectos, señalando cómo este espacio catalizó una nueva línea de trabajo.

El resultado final es un hogar donde la arquitectura no impone su voluntad, sino que se deja envolver por la naturaleza, borrando progresivamente los límites entre lo construido y lo natural. Lo que nació como un punto de encuentro veraniego demostró tener la calidez y la funcionalidad necesarias para convertirse en el escenario permanente de una nueva vida.

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