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No queda agua potable y pronto habrá hambre: las voces que se apagan en Gaza

Ahmed Khatib nació en el campo de refugiados de Jabalia, en el norte de Gaza, famoso ahora por las toneladas de bombas que han convertido sus callejuelas en un recuerdo con rostros familiares de gente muerta. Pero como tantos otros, la suya ha sido una existencia errante. Durante la Segunda Intifada, Israel bombardeó su casa de Jabalia. Ahmed la reconstruyó. En la guerra del 2009, volvió a ser bombardeada, pero ahora sin remedio ni reconstrucción. Con su familia de cuatro hijos a cuestas, se instaló en el barrio de Al Nasser, uno de los más pudientes de la capital, dónde había algunas opciones de ocio en una tierra donde también el ocio está proscrito. «Vivíamos en un piso 12 y así podía verlo todo desde el cielo», dice en un audio con su español perfecto. Pero Al Nasser fue uno de los primeros objetivos de esta guerra y su casa también voló echa añicos. «He cambiado de casa cuatro veces, no sé cuánto durará la nueva», dice ahora con un deje de profunda tristeza. 

Las voces que llegan de Gaza son solo voces, pero a medida que pasan los días suenan más exhaustas, más granulosas, más apagadas. «No hay agua potable en ninguna parte», dice Ahmed, un hombre corpulento que pasó cuatro años en Málaga estudiando electrónica en los 80, mucho antes de que Gaza se convirtiera en los más parecido a una cárcel al aire libre para dos millones de personas. «Antes era salada, igual que la del mar, pero la filtraban y la distribuían por las casas en camiones. Ahora solo le quitan la sal, pero sigue sin ser potable. Hay que beberla por narices». La directora de la oenegé estadounidense Care International en la región ha dicho este lunes que sus colegas en Gaza han empezado a «beber agua de una piscina«, mientras sus hijos «lloran por falta de pan» durante unas «noches que parecen sacadas de una película de terror por los incesantes bombardeos aéreos» de Israel.

Riesgo de hambruna

Desposeído una vez más, Ahmed ha alquilado un apartamento en el sur de la Franja para huir del cerco de la capital. «Nuestras fuerzas avanzan desde el norte y desde el sur hacia el corazón de Ciudad de Gaza«, dijo el lunes el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant. «Están operando en las zonas urbanas». En una imagen propia de los peores tiempos de la trágica historia palestina, centenares de personas a pie, con unas pocas bolsas en jarras, marcharon durante la jornada arrastrando los pies en dirección hacia la frontera egipcia, la zona supuestamente segura donde Israel ha ordenado que se marchen. «No tenemos ninguna intención de parar», aseguró el primer ministo, Binyamín Netanyahu. Hasta que Hamás no libere a todos los rehenes, subrayó en un discurso televisado, no entrará combustible ni habrá un alto el fuego.

Alarmadas por la situación que se esta dibujando, tres respetadas organizaciones de derechos humanos palestinas señalaron que el 65% de la población de Gaza se ha visto forzada a abandonar sus hogares, en el «mayor desplazamiento masivo de palestinos desde la Nakba de 1948″. Y tras pedir ayuda a la comunidad internacional, advirtieron que la «amenaza de un masivo desplazamiento forzoso a Egipto y la limpieza étnica de dos millones de palestinos se presenta como inminente».

En 1948 no hubo un sitio con tintes medievales como el que hay ahora. Hoy la gente tiene hambre, la boca reseca y no sabe donde enterrar a sus más de 10.000 muertos. «Cada vez queda menos comida. Las tiendas donde quedaba algo, ya lo han vendido y han cerrado sus puertas. Han bombardeado 11 panaderías con colas de infinitas de gente a sus puertas que esperaban para recoger un kilo y medio de pan, que es lo que están dando ahora»,  dice Ahmed. Su familia lleva cuatro días sin un solo mendrugo. «Teníamos algo de pasta y arroz y algunas latas de atún y conservas, pero también se está acabando», asegura desolado.

Sin ser rica, su familia es mucho más pudiente de esos dos tercios de la población de Gaza que dependían de las ayudas de la ONU para comer todos lo días antes de la guerra. «Va a haber hambre dentro de pocos días. Mucha gente se ha ido de sus casas en dirección a los hospitales y los colegios de la UNRWA porque no les queda nada de comer. Muchos también fueron bombardeados por el camino y están muertos», dice Ahmed en el audio enviado desde la Franja.

«La historia nos juzgará a todos»

Es durante las noches cuando el terror se eleva a la máxima potencia. El fuego de las bombas se esparce como esos incendios propulsados por la ventisca. Diversas fuentes de Gaza, aseguran que el principal objetivo de los militares israelíes es el Hospital Al Shifa, donde se hacinan unas 60.000 personas. Donde los pacientes yacen tirados en los pasillos. Donde no hay anestesia para las operaciones y donde se están amputando un sinfín de piernas y brazos a pelo. El Ejército israelí sostiene que debajo del centro sanitario más importante de la Franja se encuentra el cuartel general de Hamás. También que ha matado hasta la fecha a «miles de terroristas».

«Esta no es una de las escaladas militares a las que está acostumbrada la gente de Gaza. Antes priorizaban en los bombardeos los campos de entrenamiento de las facciones armadas, comisarías de policía o instalaciones vinculadas a Hamás o la Yihad Islámica«, asegura en otro audio Aziz Harbi, quien se ganaba la vida con una pequeña empresa antes de la guerra.

«Ahora todo el mundo en Gaza está convencido de que están atacando deliberadamente a los civiles para expulsarnos de la Franja, al Sinaí egipcio o donde sea. Es una limpieza étnica«. Algunas gentes de conciencia están cada día más alarmadas. «¿Cuánto va a durar esta catástrofe humana?», se preguntaba este lunes el director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Ghebreyesus. «La historia nos juzgará a todos por lo que hicimos para acabar con esta tragedia».

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