Un trabajo de orfebrería para sobreponerse a todo: cómo armó Gallardo a otro River campeón

A los golpes. Así se fue construyendo este equipo campeón de River Plate, que le dio el primer título de la Liga local a Marcelo Gallardo. Y la capacidad del Muñeco y su cuerpo técnico fue una vez más la principal clave para sortear los obstáculos que se le presentaron al conjunto de Núñez durante…

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A los golpes. Así se fue construyendo este equipo campeón de River Plate, que le dio el primer título de la Liga local a Marcelo Gallardo. Y la capacidad del Muñeco y su cuerpo técnico fue una vez más la principal clave para sortear los obstáculos que se le presentaron al conjunto de Núñez durante el año y poder rearmar y reinventar de nuevo su estructura para destilar jerarquía y ser el mejor del fútbol argentino.

Después de una primera parte de 2021 muy complicada, y un comienzo del segundo semestre con dudas y turbulencias, River se recuperó, se levantó y rápidamente volvió a armar un equipo campeón, que dejó en evidencia la superioridad y diferencia de clase que tiene sobre el resto, al obtener el torneo mucho antes del final, cuando todavía restan tres fechas por disputarse.

Al comienzo del año, River perdió a un jugador importante como Ignacio Fernández, quien emigró a Atlético Mineiro de Brasil y el club desembolsó alrededor de 10 millones de dólares para que llegaran seis refuerzos: Agustín Palavecino, David Martínez, Alex Vigo, José Paradela, Agustín Fontana y Jonatan Maidana. Salvo el experimentado defensor, el resto se trataba de apuestas a futuro.

Gallardo y otra noche mágica. Foto Juano Tesone

El 4 de marzo, River logró el duodécimo título del ciclo Gallardo al golear 5-0 a Racing en la final de la Supercopa Argentina, pero a pesar de esa conquista el primer semestre tuvo una marcada irregularidad, con resultados diversos, cambios de sistema y un funcionamiento que no terminó de afianzarse. Y a partir de mayo, comenzaron los contratiempos más importantes: el brote de Covid-19 con 15 futbolistas contagiados a un día del Superclásico contra Boca por los cuartos de final de la Copa de la Liga fue el primer cimbronazo.

El dolor de aquella eliminación por penales se diluyó por lo que vino después: una milagrosa clasificación a octavos de final de la Copa Libertadores. Sin guardametas disponibles y sin el aval de la Conmebol para anotar a otro por los contagios, River saltó a la cancha contra Independiente Santa Fe sin suplentes y con Enzo Pérez, lesionado, en el arco. Ganó 2-1 y la noche del 19 de mayo pasó a la historia.

Luego llegó el parate, Rafael Santos Borré se fue libre, Gonzalo Montiel fue vendido a Sevilla a poco tiempo de que se reanudara la competencia, se sumaron Enzo Fernández y Braian Romero desde Defensa y Justicia, pero al equipo le costó arrancar. El segundo semestre se inició con dudas en lo futbolístico. Con un mal comienzo en el torneo, con derrota con Colón como local.

Otra copa más para el Muñeco. Foto Juano Tesone

Y si bien se clasificó a los cuartos de final de la Copa Libertadores tras derrotar 2-0 a Argentinos Juniors en La Paternal (tras el 1-1 de la ida en Núñez), en agosto llegarían dos cachetazos fuertes: la eliminación por penales con Boca en la Copa Argentina y la de la Libertadores con una derrota contundente, impropia de este ciclo, con un global de 4-0 propinado por Atlético Mineiro, que lo venció 1-0 en el Monumental y 3-0 en Belo Horizonte.

“Hay situaciones que te van marcando. En la Copa Libertadores nos tocó un rival que fue mejor que nosotros, pero de habernos quedado en la desilusión de haber perdido no estaríamos en este momento. Esa eliminatoria nos puso a prueba”, reflexionó Gallardo.

Cuando el plantel parecía derrumbado, el Muñeco apeló a la mentalidad para recuperarlo y enfocarlo en el único objetivo que quedaba por delante: la Liga local. Y a pesar de los problemas que fueron apareciendo, hubo un compromiso de todos y fue fundamental que se nivelaran los rendimientos entre los que eran habitualmente titulares y los que no jugaban tanto. Y el técnico les dio alas a los más jóvenes para asumir responsabilidades.

“Llegamos a entender que había que mostrar mucha entereza y mucho carácter para atravesar ese momento. Los jugadores que no estaban en su mejor forma hoy sí lo están, y los jóvenes se integraron bien”, analizó Gallardo.

El equipo que inició el campeonato ante Colón fue con: Armani; Maidana, Rojas, Pinola; Vigo, Enzo Fernández, Zuculini, Angileri; Carrascal, Paradela; Fontana. Era un conjunto alternativo, dado que guardó titulares para la Copa. El elenco principal se presentó en la segunda fecha, en la goleada 4-0 a Unión: Armani; Montiel, Díaz, Martínez, Angileri; Enzo Pérez; Carrascal, Zuculini, De La Cruz; Suárez y Romero.

Gallardo y sus hijos, su mejor equipo. Foto EFE/Juan Ignacio Roncoroni

De esos once que salieron a jugar contra el Tatengue en el Monumental, Gallardo fue perdiendo a varios. Montiel se fue al Sevilla; Angileri sufrió muchas lesiones musculares; Enzo Pérez fue una pieza clave durante todo el torneo, pero se luxó el codo izquierdo contra Platense y se quedó afuera de la definición; De La Cruz padece una trombosis venosa en el pie izquierdo desde mediados de octubre y a Suárez lo tuvieron que operar por la sinovitis en la rodilla derecha que lo aquejó todo el año.

La mala racha de lesiones de River durante el semestre fue tremenda: alcanzó las 30 bajas. Y a eso hay que sumarle las convocatorias a las selecciones en las fechas de Eliminatorias Sudamericanas, lo que complicó el armado del equipo porque la Liga local no paró.

Gallardo tuvo que improvisar, por ejemplo, una línea de tres en defensa con tres volantes centrales (Peña, Enzo Pérez y Zuculini) para jugar contra Sarmiento, al que le ganó 2-1 en Junín. Y ante Banfield, al que derrotó 1-0 como visitante, jugó con lo que se hubiese considerado en otro momento un equipo muy alternativo.

Ese fue uno de los grandes méritos de Gallardo en el rearmado de su equipo. Que no se notaran las diferencias entre sus jugadores. Así, alguno que era titular pasó a ser suplente y otro que no jugaba tanto, empezó a estar entre los 11. Un ejemplo puede ser el de Rollheiser (hasta que se lesionó), postergando a Romero, quien también sufrió un desgarro en la mitad del semestre.

Gallardo empezó a potenciar la confianza de niveles individuales que estaban en caída. Y ante las bajas importantes de Suárez, De La Cruz y Angileri, se aferró a la seguridad de los referentes Franco Armani, Milton Casco y Enzo Pérez y se apoyó en las divisiones inferiores otorgándole confianza plena a jóvenes como Felipe Peña, Enzo Fernández, Santiago Simón y Rolheiser. Y le encontró el lugar en el campo a Agustín Palavecino.

Otro festejo ante Racing: en la Libertadores 1997. Foto Archivo Clarín

Cambió nuevamente el esquema al dejar atrás el 4-3-3 o la línea de tres centrales por los 4-1-3-2 y 4-3-2-1. Al fin y al cabo, los mejores equipos de Gallardo siempre fueron con cuatro volantes. Y el Muñeco se dio el gusto de juntar a varios jugadores de buen pie en el medio.

Por encima de todo ello, contó con la explosión de otro joven de la casa que fue moldeado a fuego lento por el entrenador. Julián Álvarez, autor de muchos goles claves, goleador de la Liga y figura determinante. Pensar que, al comienzo del semestre, el cordobés era el tercer delantero y era titular si River jugaba 4-3-3. Si Gallardo ponía un volante más, iba al banco de suplentes. De repente, pasó a asumir la responsabilidad de todo el ataque de River.

“Fue un mérito muy grande sobreponernos a todas las dificultades que tuvimos”, aseguró Gallardo, el hombre que rearmó un equipo ganador y con supremacía en el juego. Y esta vez, lo hizo de manera artesanal, con muchos pibes de la casa que forman parte de su proyecto integral. Por eso, el Muñeco disfruta mucho más de este título.

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