Marcela Roggeri en el Teatro Colón: una pianista descollante con rasgos de ilusionista

El duodécimo concierto del abono de la Filarmónica de Buenos Aires tuvo un toque especial con una presencia femenina inusual: el estreno de Introitus, concierto para piano y orquesta, de Sofia Gubaidulina, y Música para arcos, de la cordobesa Hilda Dianda, bajo la dirección de la brasileña Natália Larangeira, nueva directora asistente de la Orquesta,…

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El duodécimo concierto del abono de la Filarmónica de Buenos Aires tuvo un toque especial con una presencia femenina inusual: el estreno de Introitus, concierto para piano y orquesta, de Sofia Gubaidulina, y Música para arcos, de la cordobesa Hilda Dianda, bajo la dirección de la brasileña Natália Larangeira, nueva directora asistente de la Orquesta, con la pianista Marcela Roggeri como solista.

Una picardía, haber completado el programa con la Serenata Nº2 de Brahms. Resulta difícil encontrar justificación a su inclusión, exceptuando la más obvia: buscar una obra que contemple la presentación de una orquesta reducida, según las exigencias del protocolo actual. Pero aún dentro de esas limitaciones, la elección podría haber contemplado un programa más congruente.

No se equivocó el compositor Juan Carlos Paz cuando resaltó en 1955 las cualidades de sensibilidad y de organización en la producción de Hilda Dianda y su peculiaridad en el medio local. Es lamentable la exigua difusión actual de su obra.

La Filarmónica volvió a escena con un programa cuya audacia se vio opacada por la inclusión de la Serenata Nº2 de Brahms. Foto Prensa Teatro Colón/Arnaldo Colombaroli

Valioso rescateAdemás de ser una de las pioneras de la música electrónica en Argentina, Dianda escribió obras para instrumentos tradicionales con diversas formaciones. Los tres movimientos de Música para arcos no eluden la tradicional alternancia rápido-lento-rápido.

El enérgico primer movimiento no tuvo la precisión punzante que exige su gran vivacidad rítmica, y de gran contraste con el Adagio, que abre con una preciosa enunciación profundamente lírica de la viola.

Los sucesivos relevos entre las cuerdas fueron abriendo diversos planos hasta el retorno de la viola y el repliegue a su tono meditativo inicial. Menos logrado, y más desarmado, se escuchó el final de la obra.

Tras un inicio algo errático, la dirección encontró su rumbo más definido en la obra de Gubaidulina. Foto Prensa Teatro Colón/Arnaldo Colombaroli

Es probable que tanto directora y músicos se hayan reservado para la demandante Introitus, de Gubaidulina. Escrita en 1978, es la primera obra que la compositora escribió para piano después de su Sonata, de 1965. El título de la obra da cuenta de una preparación para algo posterior, como en la misa; y no es casual, dado los vínculos que la compositora mantiene con el mundo espiritual y religioso.

La obra es un movimiento constante que no avanza hacia ningún punto. No hay clímax en la obra, excepto por ciertas intensidades dinámicas, pero su efecto atmosférico es fascinante.

Una pianista que bordea el ilusionismo La actuación de Marcela Roggeri fue descollante. No sólo por el virtuosismo con el que resolvió todas las demandas técnicas de la obra sino por su formidable ilusionismo sonoro.

El piano no actúa de inmediato. Al comienzo hay toda una sección que se repite tres veces, en las que el piano hace muy poco: una nota que dura, se repite, pero cada una de esas notas tiene una carga emocional y una presencia que Roggeri logró transmitir con gran potencia expresiva.

El piano parecía otro instrumento bajo el ilusionismo de la pianista, como si las teclas tuviesen metros de profundidad, con una cualidad sonora acuosa, y una resonancia flotante que jugaba con el oboe, el fagot y la flauta, prácticamente solistas junto con el piano.

Marcela Roggeri respondió a las ovaciones finales con una interpretación de la Gnossienne Nº1, de Satie. Foto Prensa Teatro Colón/Arnaldo Colombaroli

No hay nada tradicional en el concierto, ni siquiera los roles entre el piano y la orquesta. Debe subrayarse el gran papel de los solistas de viento, y la orquesta en general, bajo la dirección de Larangeira.

Después de proyectar de punta a punta el universo de Gubaidulina, Roggeri agradeció las ovaciones con la Gnossienne Nº1, de Satie. La noche cerró con una lectura sobria de la Serenta Nº2 de Brahms.

FICHAOrquesta Filarmónica de Buenos Aires Directora: Natália Larangeira Solista: Marcela Roggeri Programa: Hilda Dianda, Sofia Gubaidulina, Johannes Brahms

Sala: Teatro Colón, viernes 19

Calificación: Muy bueno

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