“La Argentina es la última prioridad”, la frase del gobierno de George W. Bush que se oyó tras el 11-S

“Muchachos, lo siento pero Argentina pasó a ser la última prioridad en la lista de papeles que tengo arriba del escritorio”, dijo John Taylor, número dos del Tesoro de Estados Unidos al equipo económico días después del 11 de septiembre. Su voz metálica salió por uno de los speakers en el quinto piso del Ministerio…

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“Muchachos, lo siento pero Argentina pasó a ser la última prioridad en la lista de papeles que tengo arriba del escritorio”, dijo John Taylor, número dos del Tesoro de Estados Unidos al equipo económico días después del 11 de septiembre. Su voz metálica salió por uno de los speakers en el quinto piso del Ministerio de Economía. “Mi tarea ahora es rastrear financiamiento terrorista”.

Taylor, un economista prestigioso de la academia (Stanford) y autor de un regla con su nombre que los bancos centrales aplican para hacer política monetaria, era el vice de Paul O’Neill, secretario del Tesoro de George W. Bush. Trabajaba codo a codo con el equipo económico argentino de entonces, conducido por Domingo Cavallo, entre quienes estaban el secretario de Política Económica, Guillermo Mondino, y el secretario de Finanzas, Daniel Marx.

Argentina ocupaba por entonces una línea de trabajo en la agenda del Tesoro de EE.UU. Había una persona encargada del caso argentino (desk) en Washington y un representante en Buenos Aires. Todas las mañanas Natan Epstein, funcionario de Taylor, hablaba treinta minutos por teléfono con un funcionario del área de Investigaciones Financieras del Ministerio de Economía, para ver cómo se actualizaba el programa financiero. Claudio Loser, entonces director del Departamento del Hemisferio Occidental, calcula que “había al menos 20 economistas siguiendo solo a la Argentina en ese entonces”.

Había preocupación en Washington. El predecesor de O’Neill (Larry Summers) había autorizado un paquete de casi US$40.000 millones para Argentina (blindaje) el año previo. Y el FMI había aportado US$14.000 millones de ese total. ¿Los recuperarían? Encima ahora Cavallo pedía (al FMI) otros US$8.000 millones. ¿Por qué? Porque el blindaje no había sido suficiente, ni tampoco nada de lo que vino después: el ajuste de Ricardo López Murphy de marzo de 2001, los planes de competitividad de Cavallo, el anuncio de un canje de deuda (megacanje) y el recorte del 13% en las jubilaciones y salarios con el déficit cero.

O’Neill y Horst Kohler pusieron a su staff a seguir de cerca los números argentinos. Todos los días Epstein hablaba con Economía. “Tratemos de encontrar un medio para crear una Argentina que se mantenga en pie por sí sola y que no tome el dinero de los plomeros y carpinteros americanos que ganan US$ 50.000 por año y se preguntan qué hacen con su dinero”, dijo O’Neill en agosto. Incluso el Tesoro (y el FMI) analizaron la dolarización como alternativa a los paquetes de rescate y asistencia. Cavallo y Marx se opusieron.

El FMI giró la plata el 10 de septiembre. Ingresaron US$6.000 millones a las reservas. Los restantes US$2.000 millones serían a los pocos meses. Solo si el país cumplía las metas. Pero lo que vino después fue la frase de Taylor: “Argentina es la última prioridad”.

Apenas un mes antes, en agosto, el equipo económico había ido a Washington a negociar un apoyo del FMI. Marx, Mondino y también Federico Sturzenegger (entonces viceministro), Jorge Baldrich (Hacienda), Javier Alvaredo (Finanzas) Mario Blejer y Horacio Tomás Liendo. Hubo reuniones con el Tesoro y el FMI. Washington puso otra vez la dolarización arriba de la mesa.

O’Neill acordó preservar el 1 a 1. A cambio, Argentina se comprometería a encarar una reestructuración de su deuda, primero con el tramo local, luego internacional. El FMI ayudaría.

¿Qué pasaba si los US$8.000 millones del FMI también eran insuficientes o si el proceso de reestructuración se desordenaba? Cavallo hablaba de introducir dinero inconvertible como las Lecop. Marx calculaba que necesitaba US$ 20.000 millones para ofrecer como garantía a los acreedores externos y apostar a que el 1 a 1 sobreviva.

Marx agendó una gira para el 13 de septiembre para convencer a los inversores. Cavallo no estaba de acuerdo. Marx insistió, aun cuando vio el ataque a las Torres desde el quinto piso de Economía. Llegó a Nueva York vía Europa cuando el World Trade Center seguía quemándose.

El funcionario encontró una ciudad fantasmagórica. Miguel Kiguel, quien estaba en el Midtown el 11-S (había ido a dar una charla sobre Argentina y semanas más tarde se sumaría a Economía) vio un “desierto”. Otros argentinos que trabajaban en Wall Street y aquel día se hallaban en Nueva York eran Javier Timerman, Javier Kulesz, Gustavo Ferraro y Pablo Goldberg.

El equipo económico enfrentó otros dos problemas a partir del 11-S. Primero, los contactos de los bancos e inversores interesados en la reestructuración empezaron a desaparecer no solo por el desinterés con Argentina, sino por las propias secuelas de los ataques. “Muchos analistas no volvieron a sus oficinas -recuerda Mondino-, no había trabajo remoto y perdimos por semanas diálogos con los bancos para avanzar en la fase dos del canje. Y las reservas mientras tanto se iban. Llegaron las elecciones”.

Por último, Stanley Fischer, número dos del FMI, se fue del organismo en septiembre. Fischer había sido clave para el blindaje. Ahora en su lugar estaba Anne Krueger. Kohler y Krueger no tuvieron la misma paciencia con la Argentina.

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