La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un once de septiembre de 2001

Hebe de Bonafini, según su propio testimonio, estaba en Cuba el día en que el grupo terrorista fundamentalista islámico Al Qaeda derribó las Torres Gemelas de Nueva York, estrellando contras esas estructuras edilicias dos aviones conducidos por secuestradores suicidas, y asesinando en cuestión de minutos a más de tres mil seres humanos, en todos los…

la-nueva-historia-de-marcelo-birmajer:-un-once-de-septiembre-de-2001

Hebe de Bonafini, según su propio testimonio, estaba en Cuba el día en que el grupo terrorista fundamentalista islámico Al Qaeda derribó las Torres Gemelas de Nueva York, estrellando contras esas estructuras edilicias dos aviones conducidos por secuestradores suicidas, y asesinando en cuestión de minutos a más de tres mil seres humanos, en todos los casos civiles indefensos.

A los pocos días del peor atentado sufrido por la humanidad en el siglo XXI- el ataque crucial del fundamentalismo islámico contras las democracias occidentales-, durante una clase pública organizada por la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo, Bonafini, glosada por el matutino Página 12, declaraba: “Hebe Pastor de Bonafini contó que estaba en Cuba ese día y que sintió alegría. “No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada”, porque “había muchos pueblos que eran felices” y de ese modo “la sangre de tantos en ese momento era vengada”, entre ellos sus hijos.

En esos ataques “no murieron pobres, no murieron poblaciones”. Sus autores fueron “hombres y mujeres muy valientes”, que “se prepararon y donaron sus vidas para nosotros”. Ellos “declararon la guerra con sus cuerpos, manejando un avión para estrellarse y hacer mierda al poder más grande del mundo. Y me puse contenta” . El “miedo que nos metieron a nosotros, con la persecución, con la desaparición y con la tortura, ahora lo vive el pueblo norteamericano entero. Ese pueblo que se calló y aplaudió las guerras”.

Para ella, los blancos no fueron sólo simbólicos: “En esas dos torres se decidía todos los que nos íbamos a morir, a quedar sin trabajo, a masacrar, a bombardear”. Igual que Viñas, comparó a los autores con “nuestros hijos”,”que dieron y entregaron sus vidas para un mundo mejor”, a los que llamaban terroristas pero eran revolucionarios. (1)

Como revela el artículo de Página 12, Bonafini era acompañada en ese aquelarre, no solo por David Viñas, también por Vicente Zito Lema y Sergio Schoklender, que oportunamente le cantaron loas a Bin Laden. Toda la escena parece una parodia de Philip Roth -La conjura contra América-, o de Tom Sharp. La maravillosa versión de Osvaldo Soriano, de ese mismo género literario, No habrá más penas ni olvido, no alcanza el nivel de crueldad con que los oradores reales se pusieron del lado de la barbarie fundamentalista.

El colaboracionismo de Bonafini con los fundamentalistas islámicos no sucedía en cualquier país. Argentina, nuestra patria, había sido invadida, en dos ocasiones, por este mismo movimiento fundamentalista islámico: contra la Embajada de Israel, en 1992, y contra la Amia (Asociación mutual israelita argentina) en 1994; en estos casos puntuales, planificados por la República Islámica de Irán y ejecutados respectivamente por dos terroristas suicidas islámicos pertenecientes al grupo terrorista Hezbollah.

Al Qaeda tiene una raíz sunita; y la República Islámica de Irán y Hezbollah, chiita; pero, si bien se enfrentan por quién conduce el movimiento fundamentalista islámico, comparten plenamente sus objetivos: la destrucción de las democracias occidentales, la opresión de las mujeres, el exterminio de las personas homosexuales, la destrucción de Israel y del pueblo judío.

Los objetivos resultan tan tremebundos que tienen como coartada su inverosimilitud. Pero los declaman transparentemente, y Bonafini y sus secuaces los apoyan.

En estos días, la candidata del Frente de Todos, Victoria Tolosa Paz, atribuyó el “derrumbe” de las Torres Gemelas a una serie de combinaciones astrológicas: los países pueden ser leídos según una carta astral, declaró, y a USA le tocaba, según ese pronóstico, el crack del 29 y el “derrumbe” de las Torres Gemelas.

Pues no: las Torres Gemelas no se “derrumbaron” como un glaciar, ni fueron la prueba de un acierto esotérico de Nostradamus ni de José López Rega. Fueron derribadas por dos aviones convertidos en misiles, conducidos por secuestradores suicidas fundamentalistas islámicos que, repito, aniquilaron en cuestión de minutos a miles de niños, mujeres, ancianos y hombres, en todos los casos civiles indefensos, para destruir el sistema de vida de las democracias occidentales, oprimir a las mujeres, exterminar a quienes piensan distinto e imponer un totalitarismo criminal.

Citar la astrología y los horóscopos para explicar/justificar los atentados contra las Torres Gemelas, precisamente en la semana en que se cumplen veinte años de este crimen de lesa humanidad, es peor que una banalización: es parte del mismo discurso de Bonafini.

No ha sido la única, Tolosa Paz: Jorge Rachid, el asesor sanitario de Kicillof, considera que el Talibán, otro grupo fundamentalista islámico, que ha recuperado el poder en Afganistán, es un ejército de liberación nacional; y sus víctimas, “cipayos”, que es como llaman Rachid y Bonafini a todos aquellos que quieren vivir en libertad.

Durante los días posteriores al atentado del fundamentalismo islámico contra las Torres Gemelas, contra la libertad, contra la diversidad, me topé con varios colegas, periodistas, intelectuales, que no tomaban posición al respecto: yo caminaba por Buenos Aires pensando en cómo combatir al fundamentalismo islámico, y no encontraba eco en un amplio abanico de pensadores y artistas que se inscribían en el aún más difuso marco de lo que llamamos “progresismo” o “izquierda”.

Yo ya había dejado de ser izquierda hacía por lo menos siete años, pero en esos días confirmé que nunca volvería siquiera a contemplar con condescendencia esa mezcla de imbecilidad y maldad.

La izquierda marxista, stalinista o trotskista, siempre fue complaciente con el nazismo: Stalin pactó con Hitler desde sus comienzos hasta que invadió Rusia; y Trotsky prefería al fascismo antes que a la democracia inglesa, cito textual:

“Los agentes de Estados Unidos, Inglaterra, Francia (Lewis, Jouhaux, Toledano, los stalinistas) tratan de sustituir la lucha contra el imperialismo por la lucha contra el fascismo. En el último congreso contra la guerra y el fascismo fuimos testigos de sus criminales esfuerzos en este sentido…”

“En los países latinoamericanos los agentes del imperialismo ‘democrático’ son especialmente peligrosos, pues tienen más posibilidades de engañar a las masas que los agentes descubiertos de los bandidos fascistas…”

“Tomemos el ejemplo más simple y obvio. En Brasil reina actualmente un régimen semifascista al que cualquier revolucionario sólo puede considerar con odio. Supongamos, empero, que el día de mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicará la clase obrera en este conflicto? En este caso, yo personalmente estaría junto al Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. Realmente, hay que ser muy cabeza hueca para reducir los antagonismos y conflictos militares mundiales a la lucha entre fascismo y democracia”. (2)

Como mencioné anteriormente, en La conjura contra América, Philip Roth imagina una ucronía en la que triunfa la posición aislacionista y los Estados Unidos no liberan al mundo del nazismo.

En su extraordinario policial histórico Fatherland, Robert Harris inventa un mundo en el que triunfaron los nazis. En mi novela La despedida, fragüé un video juego en el que el fundamentalismo islámico se adueña del planeta. ¿Cómo sería ese mundo dirigido por los seguidores de Bin Laden o de Khomeini, celebrado por Bonafini y Rachid? Lamentablemente no es una ucronía, sino una amenaza presente.

1) La alegría de la muerte. H. Verbitsky. Página 12. 10.10.2001.

2) Conversando con León Trotsky (Impresiones recogidas en las entrevistas realizadas con el líder soviético en México en 1938). Mateo Fossa.

WD​

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA