Abrir (o no) las puertas de los espacios propios

Cuando estaba en la escuela primaria, me llamaba la atención un par de mellizos que iban al mismo grado. En el fondo, estaba contento de que a mí no me hubiera tocado. Sin saber cómo expresarlo en aquel momento, me embargaba una sensación de falta de privacidad. ¿No tendrán vida individual esos chicos?, pensaba, aunque…

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Cuando estaba en la escuela primaria, me llamaba la atención un par de mellizos que iban al mismo grado. En el fondo, estaba contento de que a mí no me hubiera tocado. Sin saber cómo expresarlo en aquel momento, me embargaba una sensación de falta de privacidad. ¿No tendrán vida individual esos chicos?, pensaba, aunque lo expresara de manera más sencilla. Sería, quizás, porque el colegio era el espacio para crear mi mundo y compartirlo: significarlo como una dependencia más de casa me parecía -llegado el caso- extraño.

En la universidad tuve un padre y una hija como compañeros. Cursaban la misma carrera, hasta los recuerdo juntos en una mesa de examen. Parecían llevarse bien; esa imagen me resultaba plácida: compartían pero no se encimaban, cada uno con su vida en la facultad. Seguro los años me habían ayudado a abrirme: no necesitaba ver ese ámbito de estudio como un búnker propio y compartirlo, de una u otra manera, no me incomodaba. Una tía que vivía en el exterior -recuerdo- vino de visita por esa época y durante una cena no hice más que hablarle de lo que había aprendido en Filosofía. Genia, no demostró aburrirse.

Pienso cómo sería compartir un aula con mis hijos. Pura ficción (por ahora). Creo que yo lo disfrutaría pero intuyo que ellos no. Imagino sus caras de desazón ante la sola idea. Tendrían razón: debo darles alas, no controlárselas.

A mí, en cambio, compartir ya me ilusiona, pero es una cuestión de edad. Si hasta me doy cuenta de que en casa no tengo (casi) espacios que no estén abiertos. El escritorio exhibe vidrios por dos costados y una ventana por un tercero, donde corro la cortina por los vecinos de enfrente. Mis contraseñas -la de la computadora, la notebook, el teléfono- las sabe toda la familia. Hasta la tarjeta de crédito está puesta en los lugares de comercio virtual y mis hijos la usan sin prisa pero sin pausa. Eso sí, siempre preguntan antes, nobleza obliga.

Hay etapas vitales en las que necesitamos entender cómo manejarnos con los otros: liderazgo, amistad, enemistad, participación, confianza. Ahí conviene hacerse solo. Cuando ya se tiene un camino recorrido, el panorama cambia. Familiares welcome.

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