Moris y Antonio Birabent “rompieron todo” en el CCK

Esta no es la crónica de un recital de Moris y Antonio Birabent. Esto es un pedido de auxilio. El asunto es así: la libertad en estos tiempos se está debilitando rápidamente, amigas y amigos, y está necesitando Libertad. Y el amor languidece , oscurecido por el consumo y los deseos de posesión, y está…

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Esta no es la crónica de un recital de Moris y Antonio Birabent. Esto es un pedido de auxilio. El asunto es así: la libertad en estos tiempos se está debilitando rápidamente, amigas y amigos, y está necesitando Libertad. Y el amor languidece , oscurecido por el consumo y los deseos de posesión, y está clamando por más Amor.

Urge que a la libertad le inyectemos Libertad. Es imperante que al amor le insuflemos nuestro Amor vital, antes de que sea demasiado tarde y todo se desvanezca. Por eso es que lo que hubo el miércoles 8 de septiembre sobre el escenario de La Ballena Azul, en el CCK, fue un rito convocatorio antes que un mero recital.

El rito de Moris y Antonio Birabent, dos artistas para quienes Libertad y Amor no son solamente palabras. Dos brujos de una antigua tribu que se creía perdida bailaron su danza mágica sobre las tablas, convocando con la medicina de sus mojos a la lluvia benefactora que todo lo lava, que todo lo reinicia, que todo lo purifica.

Y la lluvia llegó. Y fue una oleada arrasadora y refrescante, esperanzadora, eficaz. El preludio de una nueva era por venir. Las trompetas de Jericó sonando a su máxima potencia, derribando los muros de indiferencia y egoísmo que nos traen asfixiados.

Rock y tango. Todo conjugado en Moris. Foto Gentileza Prensa CCK/Manuel Pose Varela

Entrevistando a papá Todo empezó con el chiste que decía… Y dos sillones en medio del escenario, con un piano al costado. Y el reportaje que Antonio (periodista de larga data, como sabemos) le realiza a Moris ante su público. Recordando los comienzos en una época, la de su padre, donde lo que se salía de los carriles de lo permitido era tildado de subversivo. Y reprimido.

Antonio: Tenemos un juego con mi padre. Escuchamos una canción y decimos: ¿De dónde viene ésta? Y empezamos a sacar algún parecido. ¿A que otra melodía suena?

Moris: Muchas canciones vienen de las canzonettas napolitanas. Otras de (canta) Allá en el rancho grande, El día que me quieras, Contigo en la distancia. Pero no vamos a entrar en eso ahora. Vamos a entrar en el año 1966, cuando yo estaba en la puerta de la CBS Columbia junto con Pajarito (Zaguri). Una época muy rara porque no había demos ni nada.

El productor nos dijo: “Muchachos, ¿qué tienen?”. Sacamos una guitarra española y le cantamos Rebelde y La canción del soldado. “Bueno está bien, vengan el lunes a firmar el contrato y el miércoles graban”. Cuando fui a firmarlo intenté leerlo, pero el presidente, un inglés que se llamaba John Lear, nos dice: “No lo lean, porque no podemos tocar absolutamente nada de lo que esta ahí escrito” (Risas). Así eran las cosas…

Antonio: ¿Tenían miedo de grabar?

Moris: No teníamos nervios ni miedo; nosotros vivíamos en la eternidad. Lo que queríamos era grabar un disco. Y luchar contra un gobierno militar, un gobierno policial. Había mucho miedo en los ’60 y los ’70. Incluso había la posibilidad de una guerra atómica.

Por eso el rebelde, la rebeldía contra un mundo que nos quería meter en la tradición y en la traición. No se aceptaba que un chico de veinte años podía ser músico y compositor y tener ideas propias.

Moris y Antonio Birabent dieron un excelente concierto en el CCK. Foto Gentileza Prensa CCK/Manuel Pose Varela

La generosidad de SandroAntonio: Era como una forma de enfrentarse a un sistema…

Moris: Sí… Dejame que mire (Moris se inclina y lee unos apuntes en el piso, ante las risas del público). Bueno, para hacer Rebelde, cuando íbamos a grabar yo no tenía una buena guitarra; era muy mala la que tenia. Entonces le pedí prestada una a Sandro.

Sandro, que para mí fue una de las personas más generosas que conocí en mi vida, me prestó una guitarra eléctrica muy buena. Hasta tal punto era Sandro así, que cuando pasó un mes le dije: “Che, Roberto (Sánchez), tengo tu guitarra”. Y me dijo: “¿Qué guitarra?”. Se había olvidado completamente. Grabamos La canción del soldado.

Antonio: ¿Te acordás lo que decía la letra?

Moris: “Será la ultima guerra, vendrá la paz. Es un engaño absurdo para matar. Soldado ya regresa, ven y no sufras más. ¿No ves que en dos mil años no ha habido paz?” (aplausos). Yo, Pajarito y muchos otros creíamos firmemente que ser un número estaba en contra de la libertad. Y como éramos muy jóvenes y teníamos poco miedo, era muy fácil.

Antonio: ¿Querés cantar Rebelde? (suena el piano)

Rebelde me dice la genteMoris se levanta como un resorte, pura energía, deslumbrante vitalidad. Así arranca un show que nos va a tener al borde de la butaca, borrachos de emoción durante toda la noche. Este nueva versión de Moris, mucho más movedizo y movilizante que el que vimos en La Usina del Arte en marzo de 2016, guarda un secreto a sus espaldas, un as en la manga que explica el cambio y la transformación.

Esa carta se llama Antonio Birabent. Cada día más lejos del para muchos infranqueable estigma de ser “el hijo de…”, Antonio es sostén, es pared potente y maciza sobre la que descansa la humanidad del pionero. Es el curador de un artista que se divierte burlando continuamente al tiempo.

Moris canta, Moris menea las caderas en explosivos movimientos presleyanos; Moris tiene en su casa un retrato que envejece por él, mientras él mismo rejuvenece a cada golpe de batería. Créase o no, esto es así.

Sólo basta verlo ahí parado, con sus jeans chupines, una campera corta, todo de negro y con zapatillas blancas que no paran de marcar el ritmo, para entender que el vástago le ha inyectado nueva savia a su progenitor. Y que el padre, tal vez en subconsciente agradecimiento, le comparte la experiencia de tantas horas de vuelo.

Así, entonces el CCK, hermoso lugar pésimamente diseñado para el baile y la algarabía, donde poco está permitido excepto sentarse y aplaudir, se convierte en una turbina que nos va a llevar al espacio más lejano. Allá donde, precisamente, todo comenzó. Lo cíclico de la vida se encargará del resto.

Moris, Ricardo Mollo, Litto Nebbia y Antonio Birabent se unieron para cantar “El oso”. Foto Gentileza Prensa CCK/Manuel Pose Varela

Cómo fue el conciertoEn la primera parte del show, Moris, Antonio y el pianista José Luis Micucci completan el set con Muchacho pronto amanece, Mi querido amigo Pipo y una versión del clásico de Carl Perkins (pero más al estilo Little Richard) de Zapatos de gamuza azul. Y entonces sí, entra el resto de la banda. Victor Volpi en guitarra, Horacio Salerno en bajo y Cristian Faiad en la batería.

La meticulosidad con la que fue diseñado el espectáculo (que seguramente no es ajena al trabajo de ese otro gran motor llamado Inés González Fraga, madre de Antonio y esposa de Moris, siempre trabajando desde las sombras por el bien común de esta familia de artistas) lo hace entretenido y vibrante.

Alejado de cualquier indicio de nostalgia o melancolía, antes bien éste es un show súper actual, donde hay un artista hiper-moderno (Moris, por supuesto) que destila rock y tango por los cuatro costados, y otro artista que oficia de conductor y moderador, pero que no por ello deja de revalidar sus dotes y condiciones: Antonio.

Y es muy raro e inexplicable de qué manera estos dos sujetos descarados nos van atrapando en su red perfectamente diseñada para la seducción. Desfilan las canciones más icónicas (Yo no pretendo, Ayer nomás) y se alinean en natural armonía con las nuevas composiciones.

Es verdad, nuevas al cincuenta por ciento. Porque las melodías que han sido incluidas en los álbumes Familia canción y en el más nuevo (2020) La última montaña suelen tener música del hijo, o sea, actual, acompañando letras del padre que provienen de épocas pretéritas. Pero la cosa funciona de maravillas.

Un Ricardo Mollo emocionado se suma para la infaltable versión de Pato trabaja en una carnicería. Y Litto Nebbia (este tipo o tiene clones o es Dios, porque está en todos lados, es incansable) le pone el sonido de su melódica, voz y coros para el precioso cuadro pictórico que es Nieva en Buenos Aires.

Sobre el final una poderosa reversión de Sábado a la noche muestra a un Moris desatado, destilando el rock más ponzoñoso que pueda escucharse hoy en día a este lado del Río Bravo. Esto sin dudas es el verdadero “rompan todo”…Finalmente el recinto explota con El Oso cantado por los anfitriones de esta gala y sus invitados de lujo.

Moris y Antonio Birabent (a estas alturas ¿quién será el padre y quién el hijo?) se ofrecieron a sí mismos como los corderos rituales que pueden apaciguar a los dioses más temidos. Una hora y media a puro exorcismo, un tren expreso derribándolo todo a su paso. La Libertad y el Amor resucitados. El Padre, el Hijo. Y también, ¿por qué no?, el mismísimo Espíritu Santo. Amén.

WD

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