Abrazar o no abrazar: con vacuna, el saludo se relaja y ya se habla de burbujas flexibles

¿Qué es lo primero que harías cuando termine la pandemia? “Abrazar a mis amigas. Bueno, igual ya las abrazo. Las abrazaría sin miedo, digamos. Esta semana me estoy cuidando más porque voy a ver a mis viejos”, dice Carola a Clarín.¿Quién podría juzgarla? Como ella, que trabaja como administrativa en una cadena de venta mayorista,…

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¿Qué es lo primero que harías cuando termine la pandemia? “Abrazar a mis amigas. Bueno, igual ya las abrazo. Las abrazaría sin miedo, digamos. Esta semana me estoy cuidando más porque voy a ver a mis viejos”, dice Carola a Clarín.

¿Quién podría juzgarla? Como ella, que trabaja como administrativa en una cadena de venta mayorista, tiene 40 y las dos dosis de la vacuna de Sinopharm, muchas personas no están esperando el conteo 0 de casos positivos de coronavirus para volver a abrazar y besar a sus conocidos.

En las redes sociales y en la calle, de noche y de día, el clima de más reuniones y salidas lleva a una pregunta puntual: ¿todo el mundo volvió a abrazarse? ¿Y a darse besos también?

La flexibilización en el contacto con otros es el elefante dentro de la pandemia en Argentina, donde hace 15 semanas bajan los casos y donde, también, todos aseguran que llegará una tercera ola por la variante Delta.

Especialistas explican a Clarín el riesgo que esto puede tener, junto a la mirada sociológica y psicológica de por qué a las y los argentinos nos cuesta tanto frenar el contacto.

El fin del saludo con el puñoNicolás Damin, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), habla de “burbujas sociales flexibilizadas”. Del fin del -“odioso” o “salvador”, depende para quien- choque de puños.

Carola, que vive en Villas Ballester y se sinceró en el primer párrafo, lo ejemplifica: “Antes nos veíamos al aire libre en un bar o una casa y hacíamos la del puñito. No había abrazo ni para la despedida, aunque no sabíamos cuándo nos íbamos a poder ver de nuevo. Y si estábamos en algún lado, mucho menos. Nos iban a mirar mal. Ahora está todo bien y, pensándolo, me parece re loco haber saludado con esa distancia a mis amigas de toda la vida. Pero estaba todo mal antes, ahora está más tranquilo”.

Damin pone el foco en esos pequeños momentos “públicos” reiterados. En esa especie de erotismo del contacto (no por lo sexual en sí ,sino por los cuerpos que se chocan, por ejemplo entre compañeros de trabajo presenciales) al mejor estilo 50 contactos sociales liberados.

“Un indicador es que los abrazos y besos se observan en la vía pública, plazas y bares. Son señales de confianza y proximidad social. Se otorgan a un conocido o referenciado. Alguien con confianza extendida. Es decir, ahora las burbujas se van ampliando con la familiaridad de la red de pertenencia. Los contactos íntimos no eran ilimitados en la vida previa a la pandemia”, dice el experto.

Así como cuando hay Mundial hay “45 millones de de directores técnicos”, ahora habría “45 millones de infectólogos”. Y abrazarse y darse beso en el cachete sucede con quienes crean que tienen el “alta”, simbólica, para darlos y recibirlos. Es la era del ya tuve y ya tuviste o la de ya estamos vacunados.

Abrazo de campaña. Del presidente Alberto Fernández. En la calle, la gente también flexibilizó el saludo. Foto Twitter.

“La mayoría puede rastrear, sin tener una mirada epidemiológica, a la gente que encontró: sus vecinos, amigos, compañeros de estudio o trabajo, saber si están bien de salud, si se cuidan o si están vacunados. Se puede decir que el monitoreo individual del entorno social es el pilar de la nueva normalidad. Los argentinos aprendieron a convivir con la pandemia. El regreso a las escuelas, espacios deportivos y dependencias públicas son señales que recorren los discursos públicos, los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas. La sensación de riesgo prolongado y de estado de alerta constante que se vivió por un año y medio se está relajando”, marca Damin.

Eduardo López, el reconocido infectólogo y asesor del Gobierno desde el inicio de la pandemia, coincide en que “las burbujas sociales se flexibilizaron al extremo”. La única excepción, subraya, es en las escuelas, donde están los protocolos vigentes. Si ya son un hecho los besos y abrazos, López pide que sigamos con el barbijo.

“Entre familia, todos vacunados, sin síntomas y puertas adentro, puede haber besos y abrazos y quitarse el barbijo. Entre desconocidos no debería pasar ninguna de las tres cosas. La persona vacunada puede infectarse y, sobre todo, puede infectar. Todavía hoy, con la capacidad con la que en Argentina se está vacunando, no nos podemos relajar. Con las dos dosis está vacunada el 35% de la población. Los países que fueron flexibilizando las conductas sociales lo hicieron con un índice de vacunación completa por encima del 60%”, compara.

Con el puño. El saludo institucionalizado por el Covid. Foto: Amanda Perobelli / REUTERS

En países como Estados Unidos, “que no vacunaron muy por arriba del 50% total”, sigue habiendo muchos casos. “El autocuidado, a base de barbijo, lavado de manos y distanciamiento social, debe mantenerse. Especialmente entre gente desconocida. Conductas demasiado flexibles antes de los primeros días de octubre, cuando se espera alcanzar la meta de vacunación con dos dosis, no ayudan a frenar la pandemia”, advierte.

Tocar es querer (¿o transgredir?)Sergio Grosman es médico psiquiatra y vicepresidente del capítulo de Psicoterapias de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). Pero también es experto en relaciones. Por eso dice que en las personas hay un equilibrio entre el temor y la necesidad de contacto.

“El hecho de que recibamos noticias positivas, hacia la conclusión de la pandemia, baja en la cifra de contagios y muertos, que tengamos cierta protección con la vacuna, hace que ese equilibrio se incline más hacia la necesidad de afecto, de retomar el contacto físico. Es nuestra manera (como argentinos) de representarlo socialmente. (Los abrazos y besos) son las formas que toma el disfrute social”, apunta.

Eso no quita que esté firme la tribuna de “abrazadores contenidos”. Quienes prefieren volver a verse pero “hasta ahí” en contacto. “Mantienen la distancia, por temor, más allá de que la sociedad vaya llevándolos a romperla. Como cuando se autorizan actividades o mucha gente puede estar comiendo en un espacio cerrado. Eso es una habilitación para cierta cercanía y habrá presos del temor que no pueden subirse a eso y seguirán cuidándose de la forma más estricta. SIn transgredir”

¿Hay un punto intermedio? Del diván hacia la ciencia, Grosman hace más tangible su aporte con los resultados de un estudio neuronal con roedores. “Algunos los privaron del contacto físico con la madre, a otros les permitieron el contacto espontáneo y a otros les pusieron aceite en la piel para que la mamá los limpie, que es una de las formas de expresión de afecto y cuidado. Los primeros tuvieron una red neuronal más pobre, los segundos desarrollaron una red neuronal regular y los más ‘lamidos’ por la madre´tuvieron una mejor red neuronal. El contacto físico, como afecto, nos marca y es parte de nuestra arquitectura del querer”, cierra. Tocar es querer. Y, a veces, transgredir.

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