Bombardeo a Plaza de Mayo: el relato de los sobrevivientes que Macri borró del archivo oficial

El 16 de junio de 1955, comandos civiles y militares golpistas bombardearon la Plaza de Mayo, en el atentado criminal más grande de la historia argentina, en un intento de derrocar al gobierno constitucional de Juan Perón y de matar al presidente. La asonada fracasó, pero tres meses después, el 16 de septiembre de 1955,…

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El 16 de junio de 1955, comandos civiles y militares golpistas bombardearon la Plaza de Mayo, en el atentado criminal más grande de la historia argentina, en un intento de derrocar al gobierno constitucional de Juan Perón y de matar al presidente. La asonada fracasó, pero tres meses después, el 16 de septiembre de 1955, la autodenominada “Revolución Libertadora” lograría su objetivo de derrocar a Perón, quien debió emprender un largo exilio que duró 18 años, durante los cuales su movimiento político fue proscripto. Recién en el año 2010, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, una comisión investigadora comisionada por el Estado expuso sus conclusiones sobre los hechos: el 16 de junio hubo por los menos 309 muertos y alrededor de 1500 heridos. La investigación fue subida al sitio del Archivo Nacional de la Memoria en forma de libro digital para su descarga gratuita.  Durante el gobierno de Mauricio Macri, la página fue dada de baja, tal vez con la extraña intención de convertirlo en el Archivo Nacional de la desmemoria.

Aquí se reproducen dos testimonios de sobrevivientes del bombardeo, tomados del libro oficial sobre el bombardeo, como así también, un link para quienes estén interesados en descargar el libro completo.

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Trino Carretero


Actualmente tiene ochenta y dos años y una vida marcada por la militancia peronista. Participó en la histórica jornada del 17 de octubre de 1945, estuvo en la plaza el 15 de abril de 1953, el 16 de junio de 1955, el 16 de septiembre de 1955, fue uno de los protagonistas del frustrado intento del levantamiento del general Valle el 9 de junio de 1956, cuando cayó preso, condición en la que permaneció hasta 1958. Siempre activo participante de la Resistencia Peronista, fue secuestrado y detenido en noviembre de 1976, luego de ser arrancado de su casa, previa colocación de una bomba y de tiroteos

que destruyeron la vivienda y dejaron secuelas irreparables en su núcleo familiar. Su esposa quedó gravemente afectada por el vandálico episodio; de sus tres hijos dos viven las consecuencias del terrorismo al grado tal de recibir un subsidio de discapacidad por parte de la ANSES. Trino recuerda con viva emoción los hechos de aquel día negro de la historia argentina; sereno y sencillo cuenta:

“En ese momento yo tenía veintisiete años y trabajaba en Gurmendi, donde era delegado, casi toda la vida lo fui, queda mal que yo lo diga pero yo hacía muy bien mi trabajo y era muy cumplidor, siempre mis compañeros me tuvieron mucho respeto, incluso los patrones me reconocían, ese día cuando llegaron las primeras noticias, se empezó a preparar una concentración de obreros de la fábrica, los que estábamos dispuestos a ir fuimos, ahí no se obligaba a nadie a hacerlo, serían unos diez camiones que ponía la empresa, para ir a la plaza a defender el gobierno del General Perón, ya hacía

rato que las cosas estaban mal y había rumores de que querían destituir el gobierno constitucional, nosotros fuimos, serían unos diez camiones, no llevábamos ningún tipo de armas, ni siquiera palos, a medida que nos acercábamos a la plaza veíamos columnas de obreros de otras fábricas o gente común con palos, algún revólver, una escopeta, ahí nos dimos cuenta que la cosa venía fulera, los camiones nos dejaron en Alem e Independencia y de allí empezamos a caminar hacia la Casa de Gobierno, encontramos más gente, algunos armados con palos, otros con banderas, todos vivábamos

a Perón, Los aviones pasaban volando bajito, yo la verdad no me acuerdo si se veía escrito en sus alas “Cristo Vence”, sé que lo vi, pero se me confunden las fechas, puede haber sido el 16 de septiembre, pero yo las vi, a medida que nos acercábamos nos fuimos dispersando, puede ser por miedo o por precaución, en algún momento se dijo que estaban entregando armas, yo tenía un carnet de color verde, como un librito con el nombre “Custodia de Honor”, firmado por un comisario, no me acuerdo el apellido pero era un tipo conocido, de la Biblioteca de Adoctrinamiento, que estaba en la calle Bolívar a unas cuadras de la Plaza de Mayo y decían que allí era donde estaban las armas. Fuimos unas ochenta, cien personas, me acuerdo del carnet, porque cuando estábamos llegando había una guardia policial que impedía el paso y yo mostré el carnet y me dejaron pasar, estuvimos un rato, como una hora esperando y no pasaba nada, no nos dieron nada y nos fuimos, volvimos a la plaza, cuando esperábamos por las armas se sentían las bombas y se veían los aviones, yo quería estar ahí, un poco inconsciente, pero sentía la necesidad de estar allí, fui cruzando la plaza y vi cosas horribles, llegué hasta el estacionamiento de lo que era el Automóvil Club, llovían los tiros, vimos que levantaban la bandera blanca desde el Ministerio de Marina, y avanzamos,

estábamos todos cuerpo a tierra, cuando nos fuimos levantando empezaron los tiros otra vez, ahí murió muchísima gente, porque además de tirarnos desde el Ministerio aparecieron dos o tres aviones ametrallando todo, las balas rebotaban en el piso, los autos y troles incendiados, los camiones del Ejército con las ametralladoras antiaéreas, había un soldado que señalaba un asiento vacío que tenía a su lado y nos dijo que el compañero que se sentaba allí estaba muerto, ni sé cuanto tiempo estuve allí, solo me acuerdo que cuando me fui ya era de noche y no encontré nada para volver así que

me fui caminando”.


Raymundo Heredia


Militante de la Resistencia Peronista, tuvo la suerte de participar de las gestas más gloriosas del folklore peronista; propietario de una prodigiosa memoria y un ordenado relato, fue preso del Conintes y sigue militando en la actualidad. Con respecto al 16 de junio de 1955, nos dijo:

“Yo había ingresado al Ejército en el año 1947, a la Escuela de Mecánica del Ejército, que estaba donde actualmente se encuentra el Hospital Garrahan, estuve hasta el año 1954, era suboficial mecánico armero y me dieron la baja porque era peronista y consideraron que mi presencia en ese lugar no les daba seguridad, dado que el mantenimiento de las armas pasaba por mis manos, ya era evidente dentro de la fuerza la división entre algunos oficiales y la mayoría de los suboficiales, que éramos peronistas. Con la preparación que había adquirido, me presenté en Philips, donde inmediatamente me tomaron como oficial ajustador matricero, ese día yo estaba en el cuarto piso en la sección Mantenimiento Equipos Especiales, justamente en el lugar de trabajo ocupé el puesto que había dejado, al ser elegido secretario de la comisión interna, Augusto Vandor. A la hora que empezó el bombardeo se escucharon las explosiones y veíamos las columnas de humo, todos nos reunimos y Vandor nos invitó a subir a los camiones para ir a la plaza; mi hermana y mi primo también trabajaban en la fábrica, a ella la vino a buscar mi papá y se fue para mi casa, nosotros fuimos a la plaza, nos bajamos en Perú y Avenida de Mayo, lo primero que vi fue un camión antiaéreo, la plaza estaba llena de gente, serían las dos o tres de la tarde, se veía venir a los aviones por Diagonal Norte, el camión al que hacía referencia estaba abandonado, nos quisimos acercar, pero la metralla no nos dejó, era un caos total, la gente corría,otra estaba tirada en el piso, después supe, muchos de ellos estaban muertos o heridos, en ese momento uno reaccionaba por instinto ante el peligro. Acompañé (un rato después) a alguna dama hasta su casa, pero en principio me quedé allí tratando de ayudar; por mi experiencia militar era consciente del peligro que corría, yo sabía, sé, mucho de armas, no podía entender cómo sin una declaración de guerra se atacaba cobardemente, como nos bombardeaban a nosotros, el pueblo, en ningún momento intentaron otra cosa, se ensañaron con el pueblo, sabían que estábamos allí defendiendo nuestros derechos, los que nos había dado ese gobierno que ellos querían voltear. Del grupo de obreros que salimos de la Philips hubo algunos heridos, pero todo fue muy confuso, en la plaza la gente salía y entraba como si fuera un oleaje, parecía que unos corrían asustados y otros necesitaban ver con sus ojos lo que no podían creer que estuviera ocurriendo. No todos hicimos lo mismo, al dispersarnos algunos se refugiaron en las recovas y otros directamente se fueron, mi primo por ejemplo, cruzó la plaza y se tiró debajo de un colectivo para protegerse, al rato se dio cuenta que las personas que estaban a su lado ya no se protegían de nada ¡Estaban todos muertos! Entró en pánico y salió corriendo, era tal la desesperación, agarró por Alem, luego Libertador, hasta llegar a Pacheco y Manuela Pedraza donde vivía, al llegar a la puerta de su casa cayó desmayado por el esfuerzo. Volví a la noche con mi viejo, estaba todo cerrado, con cordones de soga, había soldados del Ejército retirando escombros, cuerpos, todo a oscuras, iluminados solamente por algunos reflectores que facilitaban el trabajo de la tropa, viajamos en auto, era una ciudad desierta, en algunos barrios no había luz, en el centro estaba cortada, parecía una película de guerra, además hacía frío y llovía; mi papá y yo teníamos puestos unos pilotos para el agua, a la plaza que estaba llena de pozos por el efecto de las bombas nos dejaron entrar pues les mostré a los soldados mi libreta de enrolamiento donde yo aparecía en la foto con mi uniforme de cadete”.

El libro completo, acá.