El niño refugiado que escapó de Boko Haram y aspira ser el gran maestro más joven de la historia

Por Nicholas Kristof* En un refugio para personas sin hogar en Manhattan, un niño de 8 años camina hacia su habitación. Lleva un objeto extraño en sus brazos y no se incomoda por los gritos de un residente convulsionado. El niño es un refugiado nigeriano. Es brillante, pero su futuro es incierto. No puede dejar de…

El niño refugiado que escapó de Boko Haram y aspira ser el gran maestro más joven de la historia

Por Nicholas Kristof* 

En un refugio para personas sin hogar en Manhattan, un niño de 8 años camina hacia su habitación. Lleva un objeto extraño en sus brazos y no se incomoda por los gritos de un residente convulsionado. El niño es un refugiado nigeriano. Es brillante, pero su futuro es incierto. No puede dejar de sonreír, porque el objeto extraño que tiene entre sus brazos es un enorme trofeo, casi tan grande como él. Este niño sin hogar que cursa tercer grado ganó el campeonato de ajedrez del estado de Nueva York en su categoría.

Tanitoluwa Adewumi, quien vive con su familia en un refugio en la ciudad de Nueva York, pasó de novato a campeón de ajedrez en poco más de un año. (Crédito: Christopher Lee para The New York Times)

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Muchas de las noticias de la semana pasada se concentraron en las familias ricas que compran su acceso a grandes universidades, ya sea ilegalmente, a través de sobornos, o legalmente, a través de donaciones. No queda duda de que Estados Unidos es un campo de juego inclinado, que les da a los niños ricos enormes ventajas.

Por eso, todos deberíamos sonreír junto con Tanitoluwa Adewumi, el nuevo campeón de ajedrez recién coronado para la categoría de jardín de infantes a tercer grado. Quedó invicto en el torneo del estado el fin de semana pasado, superando a niños de las escuelas privadas de elite con tutores de ajedrez privados.

Lo que es aún más extraordinario respecto de Tani, tal como se lo conoce, es que aprendió a jugar hace apenas un poco más de un año. Su juego se disparó mes a mes, y ahora tiene siete trofeos junto a su cama en el refugio para personas sin hogar.

“Quiero ser el gran maestro más joven”, me dijo.

Tanitoluwa Adewumi posa con su trofeo. Foto: AP

La familia de Tani huyó del norte de Nigeria en 2017, por temor a ataques de los terroristas de Boko Haram a los cristianos como ellos. “No quiero perder a ningún ser querido”, me dijo su padre, Kayode Adewumi. Por eso, Tani, sus padres y su hermano mayor llegaron a la ciudad de Nueva York hace poco más de un año y un pastor los ayudó a conseguir a un refugio para personas sin hogar.

Tani comenzó a asistir a la escuela primaria local, P.S. 116, que tiene un maestro de ajedrez de tiempo parcial que le enseñó a jugar a los alumnos en la clase. Tani disfrutaba de jugar al ajedrez y le insistía a su madre, Oluwatoyin Adewumi, para que averiguara si podía unirse al club de ajedrez.

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“Le interesa el programa de ajedrez, en el que quiere participar”, escribió Oluwatoyin en un correo electrónico dirigido al club, y que trabaja mucho para dominar el inglés estadounidense. Ella les explicó que no podía pagar los aranceles del programa porque la familia vive en un refugio.

Russell Makofsky, quien supervisa el programa de ajedrez P.S. 116, lo eximió de pagar los aranceles y, hace un año, el niño participó de su primer torneo con 105, la calificación más baja de todos los participantes.

Su calificación ahora es de 1587 y aumenta rápido. (En comparación, el mejor jugador del mundo de todos los tiempos, Magnus Carlsen, está en 2845).

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Tani tiene un estilo de juego agresivo, y en el torneo del estado, los entrenadores, que lo veían desde los costados, quedaron sorprendidos cuando sacrificó un alfil por un peón de escaso valor. Alarmados, pusieron la jugada en una computadora y esta estaba de acuerdo con Tani, reconociendo que la jugada mejoraría su posición varios movimientos después.

“Es un ejemplo inspirador de cómo los desafíos de la vida no definen a una persona”, dijo Jane Hsu, directora del P.S. 116, que realizó un festejo para celebrar la victoria de Tani. Hsu observó que mientras Tani carece de un hogar, tiene padres que lo apoyan mucho y están dedicados a verlo triunfar.

La madre de Tani no sabe jugar al ajedrez, pero lo lleva todos los sábados a una sesión de práctica gratuita de tres horas en Harlem, y ella va a los torneos. Su padre le permite a Tani usar su laptop todas las noches para practicar. Y aunque la religión es sumamente importante para la familia, los padres le permiten a Tani faltar a la iglesia cuando es necesario para participar de un torneo.

“Tani es rico sin medida”, en su fortaleza, amor y apoyo de su familia, me dijo Makofsky.

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El padre de Tani tiene dos trabajos: alquila un auto que usa como chofer de Uber, y también es vendedor de bienes inmuebles matriculado. La mamá de Tani terminó un curso de asistente médica a domicilio. Al conocerlos, es fácil ver de dónde viene la laboriosidad incipiente de Tani.

A veces es duro para Tani. Sus padres dicen que un día llegó a casa desde la escuela llorando porque sus compañeros se burlaban de él por no tener casa. En una audiencia de inmigración el otoño pasado, rompió en llanto cuando entendió mal al juez, creyendo que había dicho que la familia sería deportada.

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“Me siento americano”, explicó. De hecho, el pedido de asilo de la familia está pendiente, y la nueva audiencia está programada para agosto.

Tani intenta alejar eso de su mente. Se acuesta en el piso del refugio y practica ajedrez durante horas todas las noches; ahora se está preparando para el campeonato nacional elemental en mayo.

“Tiene tanto espíritu”, dijo su maestro de ajedrez en la escuela, Shawn Martinez. “Hace 10 veces más problemas de ajedrez que un niño promedio. Solamente quiere ser mejor”.

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Makofsky sacudió su cabeza pensativo. “Un año para llegar a este nivel, para trepar la montaña y ser el mejor de los mejores, sin recursos familiares”, dijo. “Nunca lo vi”.

Tani es un recordatorio de que los refugiados enriquecen a los Estados Unidos, y de que ese talento es universal, aun cuando la oportunidad no lo es. En Nigeria, dicen sus padres, su brillo en el ajedrez nunca habría encontrado una salida.

“Estados Unidos es un país de sueños -me dijo su padre-. Gracias a Dios que vivo en la ciudad más grandiosa del mundo, que es Nueva York, es Nueva York.”

*New York Times. Especial para Clarín

Traducción: Patricia Sar​

MFV

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