Carnaval toda la vida

Me había costado llegar al bar de Boedo, con la notebook al hombro, para trabajar. Era el único bar abierto en aquel feriado insensato; ya sentado, frente a la pantalla, el bullicio me desconcentraba. Sabía que el propietario del local, el griego Patakis, desafiaría el obligatorio ocio de aquel día: éramos amigos desde tiempos inmemoriales,…

Carnaval toda la vida

Me había costado llegar al bar de Boedo, con la notebook al hombro, para trabajar. Era el único bar abierto en aquel feriado insensato; ya sentado, frente a la pantalla, el bullicio me desconcentraba. Sabía que el propietario del local, el griego Patakis, desafiaría el obligatorio ocio de aquel día: éramos amigos desde tiempos inmemoriales, y me avisó que mi mesa y mi café estarían disponibles.

-De todos los feriados inexplicables que se me ocurren -comenté-probablemente el del carnaval, dos días, sea el que más me irrita. No me gustan los feriados: me gusta trabajar. Soy un inútil con vocación de trabajo. Pero independientemente de mi punto de vista, objetivamente, ¿cuál es el sentido de que todo un país se detenga, 48 horas, para tirar agua, papel picado y espuma?

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-La raza humana siempre es patética cuando intenta festejar -reflexionó Patakis; no en vano sus ancestros, hasta donde yo sé, habían inventado la filosofía. Pero yo sólo sé que no sé nada-. Me sirvió una baklava, también de origen helénico, preparada por su madre especialmente para mí. Todos los Patakis eran longevos. Los mozos del boliche estaban de franco por el carnaval.

-De todos modos -siguió Patakis (la combinación de la baklava con el café negro era sublime)- para mi ex suegro el carnaval fue una marca indeleble.

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Algo creí recordar, de una muy joven esposa con la que Patakis contrajo nupcias en lo que ahora parecían siglos atrás, de la separación, y de la muerte del que ya era su ex suegro.

“Don Nicanor, mi ex suegro, nunca quiso disfrazarse en su vida. Ni de niño. Los disfraces, de Batman, de Superman, que alguna vez le regalaron para reyes, quedaron en sus envoltorios, arrumbados al fondo del baúl de los juguetes. En la adolescencia, en algún que otro baile de disfraces, o se ausentaba, o concurría de civil: o lo aceptaban como era, o se marchaba. No tenía otra explicación más que el hecho de que no le encontraba sentido al disfrazarse. No había un trauma infantil ni una causa sofisticada. “No me interesa -simplemente argumentaba-, no es lo mío, no me va’”.

“Mi suegro y mi suegra se casaron muy jóvenes, y muy temprano también les nació mi futura esposa. Bien ubicados en una Argentina que ahora nos parece medianamente próspera, con un bar que funcionaba noche y día, no les quedaba más que disfrutar de su armoniosa dicha. Pero ella se aburría. Quería, no sé qué, algo más de la vida. Cotejó organizar una fiesta de disfraces. Don Nicanor se opuso denodadamente. Ella insistió: que nunca salían, que nunca variaban, que los días se parecían cada uno al anterior. Y eso es lo que quiero, replicó don Nicanor. Yo no, sentenció la esposa. En la mitología familiar quedó la especie de que se habían separado porque don Nicanor no quiso disfrazarse para la fiesta que finalmente, y contra toda esperanza, terminó organizando la esposa, cuando don Nicanor, aferrado a su convicción, se fue a vivir al Uruguay”.

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“Pasaron la siguiente década sin saber una palabra el uno del otro; excepto por la impecable paternidad de don Nicanor, que viajaba semanalmente o invitaba a la hija a visitarlo. Retomaron el matrimonio cuando la aún esposa- no había divorcio- lo fue a buscar, como si nunca lo hubieran interrumpido. Esos días que ella había querido distintos entre sí, se habían alternado a lo largo de diez años, y la diferencia de cada día con el anterior también se le había vuelto aburrida. Ahora quería un marido estable, y amaba a don Nicanor. Él la había amado siempre, y regresó sin ansiedad ni arrepentimiento”.

“Los días volvieron a ser todos iguales. Pero en algún momento de los años ‘80, la hija le pidió a don Nicanor que se disfrazara para unos carnavales en el Tigre. Luciana, mi ex, era la luz de los ojos de don Nicanor, especialmente luego de su retorno de Montevideo. Sería uno de los últimos carnavales que pasaría con ella como padre e hija sin intermediarios, cuando el padre lo es aún todo para la hija. La esposa, hay que decirlo, también le insistió a don Nicanor: sin amenazas, pero reverberaba aquel rechazo que una década atrás había terminado en separación”.

“Por aquellos años, más de una vez le habían mentado a don Nicanor su parecido con el Gandhi interpretado por Ben Kingsley, la única ventaja de una calvicie que de incipiente había pasado rápidamente a global. Así fue que aquel febrero de aquellos lejanos 80 don Nicanor salió a las calles del Tigre con la túnica y los anteojitos tipo Lennon remedando al Mahatma. Se resignó a las bombitas de agua, la serpentina, los martillos sonoros de plástico. Pero cuando la fiesta terminó, ya en su opulenta casa de Adrogué, no se quitó la túnica, ni los anteojitos. Así amaneció, hablando en parábolas. De la noche a la mañana se hizo vegetariano, o vegano, habría que ver, predicaba la no violencia, y dejó de compartir la cama matrimonial con su bella esposa. Para cuando yo lo conocí, todos en el barrio- excepto familiares y amigos- lo apodaban Gandhi, o Mahatma”.

“Se comportaba exactamente igual que el líder hindú en la película, aunque los latiguillos y epigramas que desparramaba no siempre se ajustaban a la oportunidad o la sabiduría. En rigor, la mayor parte de las veces decía cualquier cosa, si se lo cotejaba con la realidad que lo circundaba. Ni la esposa ni la hija, ni sus seres cercanos, admitieron nunca como un acto de la voluntad su cambio. Todos consideraron que se había vuelto un poco loco”.

Dejó de trabajar, compró una cabra y, aunque el pobre animal murió antes de tiempo, llegó a ordeñarla un par de veces en su jardín, en el cual sembró varias hortalizas que no prendieron, y dispuso una letrina personal, en la que pretendió utilizar abono de origen humano -personal- para su fracasados plantíos”.

“Cuando su esposa le reclamó que regresara a la vida occidental, pudo haber don Nicanor respondido: primero me piden que me disfrace, y luego que vuelva a la normalidad. ¿En qué quedamos? Pero sólo se limitó a ayunar: hasta que la esposa aceptara por escrito, e incluso elogiara, sus nuevos modos. Ante la falta de aquiescencia de la esposa, don Nicanor dio un paso más: consiguió una joven concubina que, argumentó, sólo le daba calor en el lecho, contra las destemplanzas que provocaba en su cuerpo el ayuno (imitando, también en este caso, a su célebre sosías). Fue el toque de queda para la esposa: ya existía el divorcio. Don Nicanor, pesando lo que una pluma, regresó al Uruguay, sin la joven concubina, se encerró a ayunar en su viejo piringundín de la calle Pocitos, y allí, a los pocos meses, falleció. Cuando levantaron su cadáver del tatami de tamaño individual en el que dormía, bajo el cuerpo apareció un papel escrito en letras hindúes que tardamos años en traducir”.

-¿Por qué años? -pregunté.

-Mi ex suegra lo guardó y no se lo quería prestar a nadie.

Pareció que la historia quedaría allí. Pero lo intenté: – ¿Qué decía?-. Patakis me dejó un tercer café, y el sonido de la taza contra la mesa pareció la respuesta; pero por suerte agregó: -Decía: No era un disfraz.

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